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Jesucristo quiere a toda costa reinar en cada alma porque ese es nuestro bien

La doctrina del Reino de Cristo es la carta magna de Cristo Rey que vive en el cielo y gobierna y quiere gobernar a los hombres para darles la felicidad verdadera y para unirlos en la paz, en la justicia, en el amor (Orlandis)

El Amor divino se expresa en el Sagrado Corazón de Jesús, el Verbo que se hizo carne para poder sufrir y morir. Para redimirnos abriéndonos las puertas del cielo y para algo más todavía, para comunicarnos la vida divina, entrando en nuestro cuerpo, como en el de la Virgen Santísima, --solo que nosotros por el contrario somos pecadores--, y entrando en nuestra alma y haciendo allí su morada, como dice en el evangelio. Y para ello, hacer que podamos comer su carne, sacrificándola como la de los animales ofrecidos en la religión judía; y convirtiendo su carne en pan para que la podamos comer, haciendo el mayor de sus prodigios y dando poder a todos y cada uno de sus sacerdotes para realizar ese enorme prodigio en todo momento.

Y todo eso por el motivo imperioso de la infinita misericordia divina, lo más alto del amor que está en la esencia de Dios; misericordia que motivó que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo decidiesen que el Hijo se hiciese hombre para poder morir por nosotros, redimirnos, divinizarnos y reinar en cada uno de nosotros.

Como el que se hizo hombre es el Hijo, a Jesús le podemos decir que es una locura. Nos enseñó así que el amor verdadero es amor con locura. Y nos mandó que amásemos al prójimo así; como Él a nosotros. Y esto Le incluye, porque es el más próximo a cada uno. Nos manda, o más bien suplica, que le amemos como Él a nosotros.

A san Francisco, que así le amaba, le dijo un día Jesús:

--Francisco, estás loco.

Y Francisco le respondió:

--Mira quien habla.

Nosotros le podríamos cantar a Jesús aquello de:

“Mira qué

cabeza loca,

poner tus ojos en mí...”

Jesús,el Verbo hecho carne, quiere reinar en cada uno de nosotros, no porque necesite más poder. Él es el dueño de todo. Es Dios. No necesita un súbdito más, que podría tener claro y saber de sí mismo que es un trasto, y todos podríamos comprender así que Dios no necesita trastos, ni no trastos, para tener más poder. Reinar en cada uno de nosotros y, para ello, también en la sociedad humana es porque es el bien para el que está hecha nuestra naturaleza, que es el bien infinito. Ninguna cosa que no sea Dios nos puede llenar, sino aburrirnos, cansarnos y, si no somos tontos del todo, o aprendemos a no serlo, hartarnos ya desde el principio y ver que no vale la pena ni empezar a esforzarse para conseguirla. Dios ya lo tiene todo. Vive como Dios en el conocimiento y el amor infinito e infinitamente satisfactorio del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo entre Sí. Es por su amor misericordioso hacia cada uno de nosotros por lo que quiere reinar en todos los corazones humanos y en nuestra sociedad. Lo quiere imperiosamente, eso sí. Lo demostró enviando al Hijo a hacerse hombre con un corazón humano que pudiese sufrir y morir. Y sufriendo lo máximo.

Y Jesús nos manifiesta con voz suplicante que está necesitado de que le correspondamos con algo de amor a su amor tan inmenso y tan costoso. Realmente le debemos reparación por nuestros pecados, por herir su amor. Y cada uno de nosotros necesita que Jesús reine en él. De modo que las tres cosas son lo mismo. Reparar, consolar a Jesús y consagrarse a Él. Es muy simple, que no quiere decir fácil. La reparación es la consagración, como enseña san Juan Pablo II. Aceptar y pedir Su reinado en nosotros es lo que repara por nuestros pecados. Pagamos con nuestra vida. Y lo que le consuela a Jesús es reinar en nosotros, sólo le consuela ser dueño total de nosotros por nuestra decisión libre, porque es nuestro bien, y para eso murió Él.

Dios nos ha hecho personas. Es decir, seres pensantes y libres con voluntad propia, que Él nunca va a forzar. Pero quiere imperiosamente que nuestra libre voluntad sea aceptarle a Él, aceptar su reinado, aceptar el reino de Dios. Y esto porque es nuestro bien. Porque no puede haber más reino que el de Dios. No puede haber una voluntad libre que no se le someta libremente por amor; del todo, eso sí. Si hubiera alguien que no se le sometiera, Dios ya no sería el Ser Supremo si se lo consintiera, y como Dios no va a dejar de ser Dios, ese rebelde chocaría con esta realidad y sería así sometido y entregado a su autodeterminación de vivir sin Dios, que es lo que les pasó a Satanás y a sus ángeles caídos.

Cuando el Verbo se hizo carne para traernos su reino con tanto amor, fue objeto del desprecio, de la irrisión y coronado de espinas.

Recibir el reinado pleno de Jesús en el alma es corresponderle con amor al amor ardiente con el que nos quiere liberar con su reinado, acatando su voluntad y cumpliendo sus mandamientos, (Jn 14,15; Jn 15,10; I Jn 5,3); pero no aceptarle como rey en el alma es hacer lo que hizo con Él la soldadesca romana, después de azotarle, al coronarle de espinas, proclamarle rey como una burla, torturándole:

«Los soldados del procurador llevaron consigo a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte. Le desnudaron y le echaron encima un manto de púrpura; y, trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y en su mano derecha una caña; y doblando la rodilla delante de él, le hacían burla diciendo: «¡Salve, Rey de los judíos!»; y después de escupirle, cogieron la caña y le golpeaban en la cabeza. Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y le llevaron a crucificarle.
(Mt 27,27-31).

Podemos reparar esa afrenta que le destroza el corazón y consolarle del dolor insoportable de cada espina y de cada pecado, pidiéndole cada uno que Él reine en su alma:

Reina en mí. Tú que nos enseñaste a rezar pidiéndole a tu Padre y nuestro Padre, "venga a nosotros tu reino", establece ya plenamente tu reinado en la tierra. Y reina ya en mí, por favor.

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Estando nosotros en el Sagrado Corazón de Jesús, no nos puede ocurrir nada malo, sino algo bueno, que Dios nos evite adversidades, o algo mejor, que a veces no nos las evite, porque así tenemos algo para ofrecerle con alegría al que tanto sufrió por nosotros, y porque Dios de los males saca bienes. Sobre todo nuestro mayor bien, que es que hagamos Su voluntad y que aceptemos con alegría que se haga en nosotros Su voluntad. Su reino en nuestra alma; y en las de todos; y en todas las naciones.
Pidámosle nuestro mayor bien: "Reina en mí; y en todos; y en todas las naciones".

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Todo esto lo hará Jesús, el Verbo hecho carne, por el infinito amor misericordioso que nos tiene:

"El Hijo de Dios ... no quiso establecer por la fuerza y el temor su imperio sobre nosotros, sino únicamente por el amor... No quiso... emplear más armas que su Corazón. Someter a los pueblos por la fuerza es lo que hacen los conquistadores mortales; pero someterlos solamente con el poder del amor..., he aquí una empresa que sólo un Dios podía concebir [y realizar]. La ha concebido Jesucristo ... y ... está en vías de ejecución. Es la empresa que llamamos el reinado del Corazón de Jesús".
(Henri Ramière: El reinado social del Corazón de Jesús, cit. en Cristiandad de Barcelona, enero de 2021, pág. 26)

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La plena implantación en las almas y en las naciones del reinado de Jesús, el Verbo hecho carne